A solas
El amor por mi hija es enorme. Mis ganas de estar sola también.
Las preguntas que me hace mi hija, su voz finita, el entusiasmo por cada cosa nueva, sus miradas, las palabras mal pronunciadas: todo eso me ubica en un lugar concreto, un sentimiento absoluto. La mayor parte del tiempo me gusta estar ahí.
Amo el tiempo que paso con ella y, al mismo tiempo, convivo con las ganas de quedarme a solas. Hago esfuerzos: invito amiguitas a casa, preparo tortas, fruta cortada, galletitas caseras, organizo tardes de disfraces y pileta. Charlo con las mamás como si todas supiéramos lo que estamos haciendo: sobre colegios, pediatras, vacaciones. Me integro.
Pero también disfruto mucho cuando terminan esos momentos. Cuando se van y quedan todos los juguetes tirados y las sobras en la mesada de la cocina. Siempre quiero un rato para mí y, cuando aparece, no tengo un plan claro.
Ezequiel y Gala hacen muchos planes juntos. Apenas se van, en ese silencio de los sábados a la mañana -sin cortadoras de pasto alrededor, el celular en otro cuarto, yo todavía en pijama- preparo un segundo mate y levanto lo justo. Stickers de sirenas, crayones, algún pañal, una flauta. Es casi un reflejo: ordenar un poco para poder desordenarme yo.
Este año empecé a comprar velas lindas casi compulsivamente. Hay un par en el baño, otras en mi escritorio, en mi mesa de luz. Los sábados a la mañana enciendo una de sándalo o de vainilla y pongo música: Babasónicos, Mac Miller, Chet Baker, Cerati, como si fueran versiones incompatibles de la misma persona coexistiendo en la misma lista. Me doy un baño de inmersión, me quedo un rato desnuda, me miro al espejo, me pongo perfume como si fuera a salir, aunque no vaya a ningún lado.
Leo diarios, algún newsletter, dejo pestañas abiertas que probablemente no vuelva a mirar. Agarro un libro, leo un par de páginas, lo dejo boca abajo al lado del mate, hago anotaciones. La lectura compite con la costumbre de revisar ideas de trabajo, mirar Instagram, ver listas de pendientes. Descanso mirando las nubes, examino las flores de mi jardín. Me desparramo por toda la casa como si pudiera ocuparla de nuevo, después de un año de estar mucho en sanatorios, en salas de espera. No es heroico. Es cansancio.
En ese vaivén entre la vela, la música y el libro, me siento como en una ilustración surrealista de Amanda Oleander. Es como si bajara el cierre de un traje que me cubre de pies a cabeza y dejara salir a un monstruito. Me veo un poco así, con una criatura rara asomando por debajo de la escena prolija. No es una criatura aterradora, es un conjunto de cosas que quedaron aplazadas, deseos que hacen ruido, proyectos sueltos, planes viejos y curiosidades nuevas. Se estira, mira alrededor, tantea el espacio disponible.
Después de muchos meses en modo cuidado intensivo, ese monstruo empieza a moverse con algo más de libertad. Se deja escuchar en detalles mínimos, como una idea de viaje que no incluye juegos infantiles, la posibilidad de concentrarme en algo que no tenga que ver con sostener a nadie. Un rato para mí.
No me gusta el verbo “maternar”. Me suena a consigna, a flyer. Para mí es menos un verbo estable que una sucesión de acciones torpes, eficaces, cariñosas, contradictorias. Resolver, llegar, acordarse, olvidarse.
Cuando el cuerpo se relaja un poco, cuando me apropio de esta etapa de la vida, empieza a sonar otra cosa. Un soundtrack conocido, suave, insistente, como la cortina musical de una sala de espera:
“¿Para cuándo el hermanito?”
“¿Y el segundo?”
“Tu hija ya tiene la edad perfecta.”
No viene de una sola voz. Aparece en cumpleaños, en consultorios, en mesas. Es la pregunta que habilita el siguiente casillero: pareja, hija, hermanito, next.
Entre mi hija y ese eventual segundo hijo hay un espacio. Un remanso donde vuelvo a pensar qué quiero hacer, qué quiero escribir, qué me da curiosidad. Un espacio que me debo a mí misma, aunque a veces parezca un capricho. Me debo esos minutos en los que la casa está en silencio, mi monstruo se asoma y, por un rato, la única pregunta no es a quién tengo que cuidar, sino qué quiero hacer yo con este rato de estar sola. Y justo cuando estoy empezando a decidir, se abre la puerta. “¡Mami, volvimos!”



TAL CUAL. Hermoso escrito como no podía ser de otra manera viniendo de tu pluma.