No escribir
Sobre la sentencia de Cristina, la ansiedad digital y el deseo cada vez más esquivo de escribir.
¿Qué hago acá parada, frente a mi cama, con el cuello doblado, la cabeza gacha, mirando hacia abajo, como en gesto de rendición, las manos juntas sosteniendo el celular que está enchufado a la corriente, mirando historias de Instagram: looks de ropa net, consejos de crianza, opiniones políticas, la guerra, el tapado que no me compré, videítos de bebés, platos de pasta en un balcón del sur de Italia, gente corriendo, un poco de todo y mucho de nada, mientras se me tensa el cuello, me arden los ojos y se me escapa el día por una pantalla?
Me imagino, aunque seguro en algún lado la vi, una ilustración de cómo van a evolucionar las características del cuerpo humano por el uso compulsivo del celular, con siluetas encorvadas, manos deformes, ceños fruncidos y ojos chiquititos.
Esta semana quise escribir sobre Cristina presa, tema que hace un año me hubiera tenido frenéticamente ocupada y que ahora miro desde la tribuna. Recibí algunos mensajes con preguntas sobre la causa, sobre qué me parecía el fallo de la Corte. Escribí mentalmente mientras iba manejando, durante una reunión de trabajo e incluso mientras dormía a Gala y le cantaba estrellita dónde estás?. Reflexiones trilladas sobre el Poder Judicial, recuerdos y recapitulaciones de la larga cobertura que hice del juicio por la causa Vialidad, desamparo por la calidad institucional y sensaciones encontradas. La dispersión me sacó. Me corrió de mí. Y cuando volví, lo que tenía para decir ya no estaba tan claro.
No porque no tenga opinión, sino porque cada vez me cuesta más querer darla. Porque sólo hay lugar para afirmaciones contundentes, para trincheras. Que el fallo está mal o que está bien. Que tiene que estar presa o que tiene que estar libre. Como si todo se resolviera entre dos casilleros y no pudieran convivir las verdades incómodas: que hubo corrupción y que el Poder Judicial es tiempista y discrecional.
Me sentí afuera del clima general. Como si estuviera mirando desde la vereda de enfrente un tema que, hasta hace muy poco, me convocaba por completo. No me faltó información. Me faltó impulso y, entre una cosa y otra no escribí nada.
No me quejo. No es una cruzada contra el celular ni contra las redes. Es más bien una descripción de cómo me tienen: atenta pero dispersa, alerta, acelerada. Paso de una app a otra y a otra. Un movimiento constante que me impide quedarme en una sola idea, en una sola cosa.
La mente salta de una cosa a otra como si pensara que en la siguiente va a encontrar algo, no sabe qué, pero algo, y en ese ir y venir, en ese zapping mental que no se interrumpe nunca del todo, se deshace la posibilidad de una línea recta, de una idea entera, de una frase que empiece y termine sin desvíos. Pienso en una nota, en un título, en una oración inicial, y antes de escribirla ya estoy viendo otra cosa, leyendo una opinión que no me importa, una foto que no quiero ver, pero igual miro, porque el dedo ya bajó solo, porque el gesto ya es reflejo, porque hay algo en esa pasividad activa, o actividad pasiva, que se adormece.
Una dependencia suave, persistente, que no se nota hasta que intento hacer otra cosa. Como escribir. Sostener una idea durante más de cinco minutos sin que algo me saque de ese lugar. Y entonces el gesto: agarrar el celular, abrir Instagram, Twitter, y fundirme en esa repetición tranquila, casi muda.
Mientras tanto, yo parada, el cuello doblado, los ojos secos, como si eso fuera apenas una postura, pero en realidad es una forma de estar.


Mientras analizaba y pensaba escribir este comentario para decir que me gustó mucho la reflexión, fui a revisar en el celu el Tiempo en Pantalla: promedio 4 hs diarias…Hay un poema de Mary Oliver que cierra: “Tell me, what is it you plan to do with your one wild and precious life? ...espero que no sea seguir deslizando mi dedo, perdida en este mundo digital de mezclas sin sentido que muy bien describiste, y esta dependencia insoportable a un dispositivo que nos vuelve tan pasivos.